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Viaje vs. turismo

Existe entre nosotros la creencia ―el esquema mental― de que “viajar” es bueno y “hacer turismo” es malo o no tan bueno como “viajar”. Ya por causa de la televisión que consumimos o debido a una conciencia ambiental, que a veces roza la intransigencia, se piensa que “hacer turismo” supone una actividad dañina, perjudicial y destructiva; ante esto, lo más adecuado sería “realizar el viaje”, “emprender el viaje”.

Revisando algunos programas de televisión, de señal abierta y cerrada, se nota lo conveniente que es hablar de viajes y de viajeros. Lo que se busca es apelar directamente a ese aventurero que llevamos adentro, evadirlo de la rutina y persuadirlo de visitar determinado lugar. Una finalidad publicitaria que, bien vista, no tiene diferencias sustantivas con la del turismo, ¿verdad?

Por otro lado, la crítica del sector ambientalista al turismo no ha merecido un reconocimiento verdadero entre las sociedades de consumo, como la nuestra, abocadas a la creación de riqueza y al bienestar material. Así, es muy difícil medir el compromiso ambiental de cada quien. Es más, pese a infinitos esfuerzos, la formulación teórica de las buenas intenciones ecológicas no se materializa plenamente en la aplicación práctica. Siempre habrá una huella humana tras toda actividad, turística o no.

Ya a inicios del siglo XX, el escritor británico G. K. Chesterton razonaba así: “el viajero ve lo que ve, y el turista ve lo que ha venido a ver”. Quizás aquí resida el sentido de establecer una diferencia entre viaje y turismo. Según esta lógica, el viaje sintoniza con cosas como la espontaneidad, la libertad, la aventura, la naturalidad, entre otras que ponen de relieve la vitalidad humana, en tanto que el turismo negaría esa experiencia auténtica y múltiple llamada viaje. La planificación previa, el contrato de tour operadores, la demanda de servicios específicos, todo aquello ligado a una organización formal, privaría al individuo de ese latido natural propio del viaje. Eso sería “hacer turismo”, algo que deformaría el sentido del viaje, reduciendo éste a un cúmulo de emociones bien medidas dentro de un itinerario ad hoc.

No olvidemos que hay una diversificación gigantesca en el mercado turístico, cada vez más orientado hacia la especialización. Si establecer la diferencia entre viajeros y turistas nos sirve para estudiar nuestros segmentos y nichos, habrá que tener eso en cuenta. Pero observar el mercado turístico, como pretende el discurso de ciertos medios de comunicación y sectores ambientalistas ―viajero = bueno / turista = malo―, es totalmente irrelevante.

Categorías:CRÍTICA

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