¿Por qué nos equivocamos tanto en Educación Superior?

El Turismólogo como parte de Jurado de Tesis, en la Universidad Peruana Simón Bolívar.

Un factor importante para el avance de sector turismo es la educación superior. Sin embargo, tal como sucede en otros ámbitos, ella responde a un marco de referencia inadecuado que la somete a una serie de creencias limitadas y malas prácticas a nivel de su gestión. El resultado, obvio y elocuente, es una dudosa cuando no pésima formación para los nuevos cuadros y la consiguiente falta de liderazgos con impacto en la sociedad.

La educación superior en turismo, en el caso de Perú, es fiel al falaz paradigma del “prestigio de la experiencia para efectos de contratación y asignación de carga horaria”. No entienden en las direcciones y coordinaciones académicas que la estatura profesional de un docente no se mide por el tiempo que se lleva en la cátedra. Lo que respalda la trayectoria de un profesor no son ya los calendarios de trabajo. Acumular años es, entre los docentes peruanos, el ejercicio más fácil y mediocre: cero innovación, apabullante repetición. Mi generación lo ha vivido desde el colegio. Y yo todavía lo veo, lo escucho, lo siento.

Ofreciendo clase de Neuromarketing en las instalaciones de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

Si a lo anterior sumamos el criterio amical, otro pernicioso deporte presente en todos los planos laborales, en virtud del cual “no importa tu calidad de enseñanza, eres mi amigo y te favorezco”, se diría pues que estamos ante un sistema informal donde lo último que importa es el estudiante. Ni hablar aquí de los docentes que nunca han trabajado en el sector turismo, incapaces de brindar casuística propia para sus clases y que suelen ser esos “cantantes de peña” que aceptan sin escrúpulos variedad de cursos para entonar un pobre y deleznable repertorio.  

Notifico a ustedes, estimados colegas del sector turismo, que lo único que confiere solvencia profesional a la labor de un docente son los logros que ha cosechado en su quehacer académico a favor de la investigación científica y la divulgación del conocimiento. Los docentes que, además de vocación y capacidad para la enseñanza, aportan nuevas luces a su especialidad merecen ser prioridad para universidades e institutos superiores. Es sentido común. Es justicia. Es ética. Pero es, sobre todo, respeto a nuestro público estudiantil.

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